La gente se extraña mucho cuando les digo que no me gusta viajar, que nunca me gustó demasiado. Supongo que lo que viajar me ofrece no compensa la lista de incomodidades que supone irse a un lugar lejano. Especialmente para alguien con mala orientación, poco sentido de la aventura, con pies planos y que detesta caminar.
Cuando yo pregunto por el contrario a la gente, por qué les gusta viajar, suelen decir «oh, es muy bonito ver nuevas culturas y formas de vivir». Con lo que el acto de viajar queda expuesto como un modo de enriquecerse personalmente. Es entonces cuando los provincianos comodones como yo debemos defendernos. Para hacerlo he desarrollado mi propia teoría, que me permite contrarestar ese agravio. Es una teoría que demuestra que, a mi modo, yo también soy un viajero.